jueves, 11 de agosto de 2011

La Osa

Quisiera haber plantado el manantial
Más profundo en las entrañas de la osa,
así y todo, solitaria, temiéndole al mundo, me parió.
Me contuvo en sus brazos, oyo mi gritos,
y yo los suyos, fui como la última pieza
que vislumbro el cuadro de su vida.
Aquí estoy. La mire, oyo mis ojos, miro mi tacto,
Los sentidos se mezclaron. Fuimos el uno para el uno.
No había un José, no habían reyes magos, no había el ganado;
apenas el pesebre y una enana blanca sobre el catre.

Pasamos ocho años en cautiverio,
Cuidados por el hombre, sabio el hombre, con su harem de osas
Y su concupiscente deseo por comer carnes de osa.
Pero la carne ya no saciaba, la osa debió partir hacia la pesca,
Mientras, en el techo encielado, yo dibujaba con pensamientos
la imagen de una familia con forma de ciudad en siluetas.
Temía vivir en una casa tejida con arena del desierto.  
Eranse muchos castillos que construir, varios dibujos,
un cementerio de hormigas que enterrar. Las horas pasaban
y llegaba la osa, el hombre, todos sentados en la mesa,
como un acto cívico de lunes a viernes;
puesto que fines de semana, navidades, feriados y festividades,
el hombre iba en busca de su verdad,
quedándonos nosotros, con la mentira en su silla.

Maldito el hombre, maldito su apetito,
que luego de meriendas,
Comía pedazos de mi osa, taciturna
Media moribunda, extraña, estrecha, exhausta,
Pobre de mí osa, podía dormirme con ella.
Con mi osa. 

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